Corría la primavera de 2008, recién acabada una temporada en
la que el Real Madrid había quedado campeón, con aquel famoso pasillo del Barça
en el Bernabéu. Esta había sido una temporada de grandes traspasos, jugadores
como Robben o Sneijder llegaron al Real Madrid, mientras que un ídolo en la
ribera del Manzanares, como Fernando Torres, abandonaba el club de su vida para
crecer como jugador.
Pero este verano no era un verano cualquiera, era año de Eurocopa,
la Eurocopa de Austria y Viena. Tuvimos una clasificación difícil, después de
meternos en la competición casi al final.
Después de muchos palos hacia Luis Aragonés por una
convocatoria en la que Raúl se había quedado fuera, el grupo de seleccionados
se concentraba en las Rozas a punto de embarcarse en el proyecto futbolístico
más grande de la historia de España. Sorprendentemente la media de altura de
aquel equipo era la más pequeña de todo el campeonato (1´79). Sin saberlo,
aquellos denominados “locos bajitos” iban a cambiar la historia de un país.
El sorteo nos encuadró en el
grupo 4 de esta competición, con Suecia, Rusia y Grecia como acompañantes.
Los internacionales llegaron a Innsbruck, la que iba a ser su residencia durante el transcurso de esta competición, donde fueron recibidos por unos niños austriacos cantando canciones en español.
Llegó el día del debut, el rival era la Rusia de Guus Hiddink
con Andrey Arshavin y Pavlyuchenko como estrellas. Los nuestros no dieron ninguna
opción a los rusos con un hat-trick del guaje en menos de una hora y un gol de
Cesc en los últimos instantes del partido. España presentaba así su candidatura
a llevarse la Eurocopa con un 4-1 y un juego de toque y posesiones largas en el
primer partido.
El segundo partido fue ante Suecia, un equipo que traía a una
superestrella como Zlatan Ibrahimović. Comenzaba el partido con un gol temprano
de Fernando Torres, el cual empataba Suecia con un tanto de Ibrahimović un
cuarto de hora más tarde. Un partido en el que no nos salía nada, ante una
Suecia bien cerrada atrás, pero España no se dio por vencida y en el último
minuto tuvo su recompensa. Un balón llovido tras un despeje de Capdevila cae en
los pies de David Villa que tras dejar atrás a un defensa batió al guardameta
sueco en el minuto 92. Y es aquí donde quiero dejar una frase que, desde mi
punto de vista, define este partido,
“todos los buenos equipos pueden tener un mal día, pero solo los grandes
son los que pueden sacarlo adelante”.
Afrontábamos el tercer partido contra Grecia ya clasificados,
fue el momento de dar la oportunidad a los que menos jugaban. Aun así
conseguimos una victoria por 1-2 con goles de Güiza y de la Red.
Llegaban las eliminatorias, Italia esperaba en cuartos de
final. Después de un partido bastante feo y sin muchas ocasiones llegaba la
tanda de penaltis, a algunos se les aparecían los fantasmas de ediciones
anteriores, pero estaba un héroe (bastante infravalorado en la actualidad, por
cierto) que se echó el equipo y el país a la espalda deteniendo dos penaltis y
dejando la opción a Cesc para que anotara el gol decisivo. Fàbregas colocó el
balón, toda España mantuvo la respiración en ese momento, cogió distancia y
marcó a Buffon con un tiro raso pegado al palo. ¡¡Estábamos en semifinales!!
Semifinales, nos volvíamos a enfrentar a Rusia, pero no iba a
ser el mismo partido que en la primera vuelta. Rusia venía crecida tras
endosarle un 1-3 a una de las grandes favoritas como era Holanda.
Pero no nos lo podían quitar, esta era la nuestra. España dio
otra exhibición, en mi opinión el mejor partido de España que recuerdo, no solo
en la Eurocopa 2008. Conseguimos una victoria por 3-0 que nos daba la
clasificación a la segunda final de nuestra historia, pero desgraciadamente, no
todo fueron buenas noticias en aquella noche de Viena, David Villa se lesionó
al lanzar una falta (min 35) y se perdería la final del torneo.
Llegó el día que tanto esperábamos, 29 de Junio de 2008,
20.45 y en plena noche de Viena, en un estadio llamado Ernst Happel. Los jugadores saltaron al campo
después de la ya mítica charla de Don Luis Aragonés.
Un partido propio de una final, equipos tanteándose sin
arriesgar mucho, hasta que en el minuto 33 un pase entre líneas de Xavi
Hernández hacia “el Niño” dejó a Fernando Torres en un mano a mano con Lehmann,
con Lahm de por medio, el delantero nunca desistió en una carrera que el
lateral tenía ganada en todo momento, pero consiguió adelantarse a él en el
momento justo para picar ese balón por encima del portero alemán cambiando el
curso de la historia para todos los españoles.
España supo sostener el momento en el que dominó Alemania,
todavía recuerdo a Puyol y Marchena peleándose con un Ballack desesperado, pero
se acabó, se acabó el partido, se acabó la maldición de los cuartos, se acabó la racha de 44 años sin ganar ningún título y empezó una nueva era, una era dominada por los “locos
bajitos”.
¡¡Éramos campeones de Europa!!



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